Los domingos siempre eran bastante tranquilos. Cuando mi padre estaba en el país, no trabajaba ese día y disponía hacer algunas cosas con la familia unida. Siendo cuatro hermanas, no había necesidad de pensar en el estadio, en el diamante de beis o en cualquier otro deporte. Las actividades para las niñas de aquel tiempo (de los 60′s) eran diferentes.Por la mañana, claro está, asistíamos a la iglesia. Al salir de misa, volvíamos a la casa y almorzábamos. Mi madre se esmeraba con el almuerzo dominical, pues era el único día que estando todos juntos a esa hora, no habían prisas. En aquel tiempo, el almuerzo esperado para los domingos debía tener un buen par de pollos en él. Ya que no vendían las piezas sueltas sino que se compraban enteritos (algunas veces, hasta estaban vivos y se tenía que hacer todo el trabajo en casa, lo cual me parecía bastante desagradable aunque no era yo la encargada) y se llevaban a la mesa muy elegantemente dispuestos y adornados para que el apetito se abriera más.

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